La época actual no se caracteriza por grandes epopeyas o revoluciones del pensamiento, sino por la consolidación de la mediocridad como un estilo de vida aceptado y compartido. No se trata simplemente de individuos que han decidido rendirse, sino de un fenómeno colectivo donde la falta de ambición y la ausencia de singularidad se exhiben casi como un mérito social. Siguiendo la tesis de José Ortega y Gasset, nos encontramos ante el dominio del "hombre masa", aquel que se siente cómodo siendo igual a todos los demás y que no experimenta ninguna urgencia por superarse a sí mismo. Esta masa vive convencida de que su comportamiento —basado en el consumo de estímulos fugaces y la repetición de opiniones ajenas— es lo natural, confundiendo la elección entre opciones idénticas con la verdadera libertad.
El diagnóstico de nuestra cultura cotidiana es preocupante: lo que define a esta masa no es la falta de información, sino la incapacidad absoluta de sostener cualquier cosa con profundidad. En este paisaje humano, la vida se ha reducido a una hiperconexión constante que anula la consciencia, donde estar ocupado no significa estar presente. Paradójicamente, este descenso generalizado de los estándares ha provocado que destacar ya no requiera hazañas extraordinarias. Hoy en día, mantener rutinas tan simples como leer un libro completo, escribir con regularidad o cultivar el silencio se percibe como un lujo inalcanzable o una rareza absoluta. Lo básico se ha convertido en excepcional porque la masa renunció incluso a lo sencillo.
Esta renuncia no es accidental, sino fruto de una aversión colectiva a cualquier forma de incomodidad. La mediocridad se instala porque es más fácil dejarse llevar por la corriente que remar contra ella. Lo inquietante es la hostilidad con la que la masa protege su inercia: aquel que intenta romper el patrón de abandono es rápidamente tachado de obsesivo o arrogante. La tecnología lo soluciona casi todo, salvo una cosa: la pérdida de habilidades, fuerza, resistencia y carácter del ser humano, que se apoya en sus soluciones mágicas y se distrae con ellas.
Filósofos como Friedrich Nietzsche ya advirtieron sobre esta "moral del rebaño", donde el sistema redefine la flojera como identidad y el descanso como un derecho supremo para evitar el esfuerzo de elevarse. A esto se suma la "modernidad líquida" descrita por Zygmunt Bauman, un tiempo donde nada debe durar y los compromisos se sienten como cadenas, llevando a las masas a vivir en una superficie constante, orgullosas de no hundirse pero incapaces de mirar hacia arriba. El resultado es un agotamiento paradójico: individuos exhaustos por el simple hecho de existir en un modo superficial, consumidos por un exceso de estímulos que, según Byung-Chul Han, no produce placer real sino una fatiga que drena el sentido de la vida.
La crisis atencional, un problema tan real como preocupante
Los datos respaldan esta crisis de atención: un estudio de Microsoft revela que la capacidad de concentración humana ha caído a los 8 segundos, menos que la de cualquier dorado del rio Paraná. En un contexto donde el usuario promedio dedica 95 minutos diarios a fragmentos efímeros en plataformas como TikTok, sostener la atención durante diez minutos seguidos se convierte en un acto casi heroico. Guy Debord ya lo anticipó en La sociedad del espectáculo: lo verdadero ha sido sustituido por lo representado, y la masa prefiere mirar cómo otros viven antes que actuar por sí misma. En Hollywood, epicentro del entretenimiento mundial, productores y guionistas enfrentan una creciente preocupación: la crisis de atención de las audiencias. Este fenómeno limita la posibilidad de desarrollar tramas complejas y los obliga a recurrir a una sucesión ininterrumpida de estímulos de acción, con el único fin de retener al espectador y evitar que, en medio de la película, desvíe la mirada hacia su teléfono móvil.
Maggie Jackson denuncia en su libro Distracted: The Erosion of Attention and the Coming Dark Age (2008) (Distraídos: La Erosión de la Atención y la Próxima Edad Oscura) que la crisis de atención no es una molestia menor, sino el eje de un peligro civilizatorio. Su tesis central es que la atención sostenida es el "bloque constructor" de la intimidad, la sabiduría, el juicio moral y el progreso cultural; al erosionarla, estamos socavando los cimientos de la sociedad. Jackson sostiene que vivimos en la "tierra de la distracción": poseemos más información y conectividad que nunca, pero paradójicamente estamos más fragmentados, ignorantes y desconectados. ¿No será este el presagio que Aldous Huxley anticipó en Un mundo feliz? En su distopía, las masas, anestesiadas por las drogas y el entretenimiento superficial, renunciaban voluntariamente a la libertad, la verdad y la profundidad a cambio de una felicidad instantánea. El malestar quedaba abolido, pero también la capacidad de asombro, de crítica y de pensamiento sostenido.
La mediocridad como herramienta política
Más allá de lo cultural, esta mediocridad funciona como una herramienta política. Una masa dócil, previsible y anestesiada por el entretenimiento es el sueño de cualquier estructura de poder. Como explicaba Noam Chomsky, el sistema no necesita censurar ideas si puede enterrarlas bajo una montaña de trivialidades y distracciones. Michel Foucault añadía que el poder moderno fabrica "cuerpos dóciles" a través de la normalización de lo mínimo, logrando que el individuo se autocensure y no aspire a más porque cree que lo básico es suficiente.
El sistema educativo paraguayo debe tomar urgente acción para evitar el colapso atencional y la mediocridad inducida por la tecnología como parte fundamental de su tarea educativa. De no hacerlo, estos factores se sumarán inexorablemente a los ya existentes (y muy serios) problemas del sistema. Cualquier acción educativa o reforma para mejorar el sistema simplemente fracasará, sencillamente porque la atención es la base del aprendizaje.
En conclusión, recuperar la normalidad de lo elemental es hoy una forma de resistencia. Siguiendo el pensamiento de Viktor Frankl, incluso en las condiciones más deshumanizantes, el hombre conserva la libertad de decidir su actitud y encontrar sentido en responsabilidades concretas. En un mar de abandono, el individuo que decide remar —aunque sea un poco— ya se distingue del resto. Hacer lo básico no es comodidad, es un combate silencioso y una revolución necesaria para quien se niega a ser arrastrado por la corriente de una era que ha renunciado a la grandeza.

